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PRESENTACIÓN
DE
NÓMADAS DEL TIEMPO
Ángel Olgoso
Permítanme,
así a bocajarro, una pregunta absurda: ¿Es posible
viajar en el tiempo? Ciertamente. Todos viajamos en el tiempo. Durante
este último año -quizá por desgracia- yo me
he movido hacia delante un año, y ustedes también.
Es decir, viajamos en el tiempo a la velocidad de una hora por hora.
Pero la pregunta es, ¿podemos viajar en el tiempo a mayor
o menor velocidad que “una hora por hora”? Las leyes
de la física no dicen que sea imposible. De acuerdo con las
teorías de Einstein, el continuo espacio-tiempo se puede
curvar sobre sí mismo, lo que permitiría los viajes
al pasado. De momento sólo hemos sido viajeros del tiempo
en una única dirección: el futuro. Como todos sabemos,
la teoría de la Relatividad reveló la posibilidad
de viajar hacia el futuro gracias al alcance de velocidades cercanas
a la luz: una persona que pase un año terrestre en una nave
espacial que viaja casi a la velocidad de la luz hará que
su tiempo corra más despacio, por lo que, cuando pase lo
que para él era un año, volverá a una Tierra
en la que ha pasado mucho más tiempo, a un planeta que está,
realmente, en el futuro. Las teorías de Einstein también
predicen que el tiempo pasa más lentamente para los objetos
en campos gravitacionales (como aquí en la Tierra) que para
los objetos lejanos a tales campos. De modo que existen todo tipo
de distorsiones del tiempo, por ejemplo, cerca de los agujeros negros,
donde la gravedad es muy intensa. Aunque puede concebirse teóricamente,
el viaje al pasado es más discutible, ya que si los viajes
al futuro requieren sólo de una aceleración de la
velocidad, los viajes al pasado implican exóticas y dudosas
proezas de ingeniería. A pesar de estas limitaciones -y exceptuando
el “cronoeyector” ingeniado por Émile Drouet
y que él mismo expuso en 1941, con inútil pasión,
en la plaza de Vigneux-sur-Seine- el físico norteamericano
Kip Thorne fue el primero que a mediados de los ochenta reflexionó
sobre cómo podría fabricarse una máquina del
tiempo. Y Paul Davies publicó en 2001 un libro sobre cómo
construirla a partir de dos agujeros negros unidos entre sí
a través de un agujero de gusano, lo que constituiría
una verdadera puerta al pasado. Davies, en la controversia mantenida
durante el cumpleaños de Stephen Hawking, aseguró
que la máquina del tiempo era cuestión de dinero y
no de física, mientras Hawking descartaba la posibilidad
de viajar al pasado -como ya hizo en su “Conjetura sobre la
protección cronológica”- y se preguntaba por
qué no hay entre nosotros turistas del futuro. Matt Visser,
experto neozelandés en relatividad, cree que la mayoría
de los físicos ven el viaje en el tiempo como algo problemático,
cuando no manifiestamente imposible, refiriéndose a la paradoja
según la cual un viajero del tiempo mata a su abuela mientras
ella duerme en la cuna. Esta popular interpretación de los
universos paralelos sostiene que el Universo integra a miríadas
de universos alternativos. En el mismo momento en que un viajero
llega al pasado, el universo se separa en muchos universos, en unos
podemos conocer a la abuela en vida y en otros ella puede sencillamente
existir o no existir. El viajero está condenado a entrar
en alguno de los universos paralelos y es incapaz siempre de reintegrarse
al universo del que partió por primera vez. A muchos físicos
les resulta incómoda la teoría de los universos paralelos,
les parece complicado aceptar que cada vez que usted y yo tomamos
una decisión, el Universo se divide en algo diferente para
que cada cosa mantenga su consistencia. Prefieren pensar que en
cualquier viaje en el tiempo, independientemente de los cambios
que se hagan, estos no tendrán una consecuencia en el pasado.
En otras palabras, el viaje en el tiempo es válido mientras
no genere una paradoja. Recientemente, el científico israelí
Amos Ori ha propuesto una máquina que utilizaría el
vacío del espacio para viajar a través del tiempo,
y que podría ser construida aquí por una civilización
más avanzada que la nuestra, dentro de unos doscientos años,
sin las complicaciones teóricas y prácticas actuales.
Además, el problema de la velocidad de la luz como límite
insalvable fue resuelto el año pasado en el Instituto de
Investigación NEC, donde utilizaron diversos efectos atómicos
para romper la barrera de los 300.000 km. por segundo, logrando
que un pulso lumínico cruzara una cámara con gas a
una velocidad trescientas veces superior a la de la luz. El director
del proyecto dijo después que era como si alguien viera por
la ventana a un hombre que resbala y cae en la calle antes de que
los testigos en la acera pudieran observar el accidente. Había
sido una verdadera visión del futuro. Pese a los enormes
desafíos científicos y éticos, y a las incógnitas
y paradojas que representan estos viajes, otro físico, Richard
Mallet, cree que el riesgo vale la pena: “Cuando tenía
10 años” -dice- “mi padre falleció de
un ataque cardíaco. Si pudiera construir la máquina
con la cual soñaba de niño, la usaría para
volver al pasado y tratar de salvar su vida. Lo haría aunque
supiera que no volvería al presente”.
Pero mientras los esforzados miembros de la comunidad científica
mundial investigan, debaten y rebaten y asisten a convenciones sobre
posibles viajes temporales, un escritor granadino, Gregorio Morales,
ha convertido el sueño en realidad y construido, discretamente,
con papel e imaginación, una máquina del tiempo. Claro
que cualquier libro es una máquina del tiempo, pero éste
lo es literalmente, pues lleva al lector y a sus personajes principales
-Iván, Rada, David y Silvia- no sólo a un viaje temporal
sino a un universo paralelo donde los cuatro consiguen tener la
misma edad y experimentar con sus sentimientos. Gregorio Morales,
como gran anticipador que es, como alquimista literario del erotismo
y la ciencia, se vale del lema primordial de los alquimistas (“Todo
está en todo”) para jugar con los distintos pliegues
de la realidad y con las estructuras espacio-temporales. “El
tiempo estaba vivo.”, se dice en el libro, “Y si se
trataba de reducirlo, de apresarlo, de dominarlo, tomaba su propio
camino.” A propósito de una novela anterior de Gregorio,
“La puerta del sol”, Miguel Arnas escribió que
el protagonista tiene poder sobre su destino y que puede modificarlo
a base de voluntad y acción. Sin embargo, los personajes
de “Nómadas del tiempo” inciden sobre su destino
hasta el punto de cambiar su pasado y su futuro, y para ello parten
de madrugada, al borde del mar, en el Peñón del Santo
de Almuñécar, hacia una “terra incognita”,
cruzan el límite tras el que comienzan otros mundos, o más
exactamente, antimundos: Semorel, geografía desértica
donde Iván, Rada, David y Silvia son habitados por Émstrid,
Liásor, Avav y Ofixa y donde los hechos se vertebran en torno
al cruce de identidades, de años y de amores (recordemos
que Gregorio siempre ha sido de la opinión de que el mundo
sólo cambia si cambian los individuos, si estos pueden llegar
a ser ellos mismos en todo su potencial); a continuación
el crepuscular planeta Ptawardya, un mundo al revés donde
la historia camina desde la tecnología más avanzada
a la simplicidad de una edad de piedra, donde se olvida todo cuanto
sucede, donde la gente nace vieja y muere con la edad de un recién
nacido, donde por fin los cuatro protagonistas forman parejas de
la misma edad; y, finalmente, la Tierra veinte años después
de su primera salida, donde se entrecruzan las vidas paralelas de
todos ellos y asistimos a la culminación del juego del tiempo
y del juego del amor. Por supuesto, resulta imposible para nadie
agotar las posibilidades de un tema tan fascinante, tan estimulante
como los viajes temporales, pero creo que “Nómadas
del tiempo” actualiza muy dignamente la clásica novela
de H. G. Wells, multiplica sus perspectivas a la vez que, en cierto
modo, la rejuvenece y la humaniza. Valiéndose de un lenguaje
cercano, de unos diálogos abundantes y de una eficaz progresión
de la trama, Gregorio Morales va tejiendo con sencillas puntadas
un tapiz singular y de extrema vividez, atravesado por inquietantes
hipótesis y desusadas visiones, fiel en todo momento a la
premisa subversiva que aparece en su obra “El cadáver
de Balzac”: “La realidad no es sólo lo visible
ni lo cognoscible”. Estoy seguro que en el interior de los
agradecidos lectores de este libro -como me ha ocurrido a mí-
seguirán resonando durante mucho tiempo los ecos de esas
otras realidades, de esos tránsitos a otros mundos desplegados
por su autor… Al fin y al cabo, y en palabras de uno de los
personajes, “tal vez el tiempo no está ahí fuera,
humillándonos con su paso, sino que nosotros mismos somos
el tiempo. Si es así, ¿no podremos entonces viajar
a través nuestro? No harían falta cohetes ni utensilio
alguno. Nos bastaría con los sueños”.
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