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LA ESTÉTICA CUÁNTICA
MIRANDO A GARCÍA LORCA
Gregorio
Morales
Veo a García Lorca crucificado por el Realismo
imperante, sufriendo, agonizando impotente, al igual que ese personaje
de su drama El Público, el Desnudo Rojo coronado de espinas
azules, que espera la muerte mientras le sacan vasos de sangre
del costado. A García Lorca le han ido extrayendo la sangre para
dejarnos un pellejo vacío y acartonado. El veredicto de disecación
proviene de aquellas palabras que el poeta pronunció en 1931:
Si es verdad que soy poeta por la gracia
de Dios ‑o del demonio‑ también lo es que lo soy por
la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto
de lo que es un poema.
En el mismo texto, Lorca acaba de afirmar un
poco antes que ha hablado a veces de la poesía, pero que de lo
único que no puede hablar es de su poesía. Y recalca: Y
no porque sea un inconsciente de lo que hago. Es decir,
lo que García Lorca está afirmando es que el poeta tiene que ser
mínimamente consciente de su técnica si no quiere repetir estilos
pretéritos. Pero queda claro en sus palabras que se consideraba
poeta por la gracia de Dios o del demonio, lo que
revela cómo primaba la inspiración por encima de todo.
Hasta tal punto que, en su artículo Imaginación, inspiración,
evasión, escrito tres años antes de formular
aquellas palabras, considera a la inspiración superior a la realidad;
a su vez, la realidad es para él superior a la imaginación.
Esto se nota muchas veces ‑afirma‑ en la lucha
entablada entre la realidad científica y el mito imaginativo,
en la cual vence, gracias a Dios, la ciencia, mucho más lírica
mil veces que las teogonías.
Volveremos sobre esta sorprendente afirmación
para quien sin duda amaba mucho los mitos, como se demuestra ampliamente
en su obra. De momento, nos interesa centrarnos en la mentada
gradación que, yendo de lo menor a lo mayor, es imaginación,
realidad e inspiración. Góngora sería, en su opinión,
un ejemplo de poesía imaginativa; San Juan de la Cruz, de poesía
inspirada o evadida (utiliza indistintamente uno u otro
adjetivo). En definitiva, la inspiración, cima de todo el proceso,
supone para él:
-Romper
con todo control lógico.
-Conectar
con otra realidad distinta, dar un salto a mundos de emociones
vírgenes, teñir los poemas de un sentimiento planetario.
-Evasión
de la realidad por el camino del sueño, por el camino del subconsciente
-El
poema evadido de la realidad imaginativa se sustrae a los dictados
de lo feo y lo bello como se entiende ahora y entra en una asombrosa
realidad poética, a veces llena de ternura y a veces de la crueldad
más penetrante.
-La
inspiración ataca de plano muchas veces a la inteligencia y al
orden natural de las cosas.
Ahora bien, resulta que todos estos rasgos son
propios de la estética cuántica, ya sea como una consecuencia de las
investigaciones subatómicas o de su correspondiente psicológico
en los estudios junguianos. Y es que, mientras García Lorca enumera
las características propias de la inspiración, parece en realidad
estar haciendo un recuento de los principales descubrimientos
subatómicos, cuyo canon fundamental, como sabemos, se había cerrado
en 1927, es decir, un año antes de que él pronunciara estas palabras.
Así, cuando habla de que la inspiración rompe todo control lógico,
no podemos olvidar que la física cuántica, por medio de experimentos
como el de Aspect (1982) ‑que confirma la paradoja de Einstein,
Podolsky y Rosen (1935)‑, ha roto con la lógica de la causalidad,
estableciendo, en el mundo de las partículas, profundas relaciones
acausales. De este modo, por ejemplo, se ha comprobado que puede
haber una comunicación instantánea entre los lugares más lejanos
del universo. El mismo Jung traslada esto a la vida diaria con
el nombre de sincronías. Es más, admitido el experimento
de Aspect, se abre la posibilidad teórica de viajar al pasado.
¡No, no es ciencia‑ficción! Son simples conclusiones de
la ciencia moderna.
¿No es un ataque de plano a la inteligencia
y al orden natural de las cosas que un fotón pueda estar
en dos sitios a la vez, que pueda ser onda y partícula simultáneamente,
que pase a la par por diferentes rendijas, que pueda preveer cuándo
va a chocar con un obstáculo y se desintegre momentos antes para
volver a materializarse después, que no exista la separabilidad
y todo, incluidos nosotros, formemos un magma indiferenciado,
constituido de ondas vibratorias?
Si la inspiración, en palabras de Lorca, conecta
con una realidad distinta para dar un salto a mundos de
emociones vírgenes y teñir los poemas de un sentimiento
planetario, ¿acaso hace otra cosa la física subatómica?
Su mundo, como hemos comprobado sumariamente, es absolutamente
distinto al nuestro y, en él, además, todo parece nuevo, lleno
de ese sentimiento cósmico de que habla Lorca, el cual hace repetidamente
alusión a otros mundos: en los ojos inocentes de los otros
sistemas; soy un pulso herido que ronda
las cosas del otro lado.
Ese otro lado ha sido repetidamente puesto
en relación, por físicos como Pauli o psicólogos como Jung, con
el inconsciente. Dicho en otras palabras: Desde el comportamiento
del hombre hasta del más mínimo corpúsculo, estarían gobernados
por campos energéticos o Arquetipos. En ellos, de la misma forma
que indican las palabras de Lorca, lo feo y lo bello, tal y como
los entendemos, se hacen trizas, y entramos en un orden superior
de belleza y fascinación, donde las leyes del mundo ordinario
quedan anuladas. Esa misma belleza la persiguen los físicos cuánticos
al elaborar sus teorías, las cuales, sin su concurso, se les antojarían
falsas. La belleza es para ellos la primera prueba de la verdad
de sus ecuaciones, hasta el punto de que estudiosos tan importantes
como Steven Weinberg afirman: Cuando estudiamos problemas
verdaderamente fundamentales es cuando esperamos encontrar respuestas
bellas. Creemos que si preguntamos por qué el mundo es como es,
y luego preguntamos por qué la respuesta es la que es, al final
de esta cadena de explicaciones encontraremos algunos principios
simples de belleza irresistible. Pensamos que esto se debe en
parte a que nuestra experiencia histórica nos enseña que cuando
buscamos bajo la superficie de las cosas encontramos cada vez
más belleza. (...) No aceptaríamos una teoría como final a menos
que no fuese bella. Claro que no se trata de una belleza
pompier, despojada de signos inquietantes, sino de algo
que, como ha sabido ver nuestro poeta, surge de la contigüidad
con lo feo, con el dolor, con la muerte. Es una belleza que surge
después de haberse adentrado en el horror, en el inconsciente,
en el caos.
¿Es mera casualidad que Lorca estuviera describiendo
con su concepto de inspiración la física y psicología más avanzadas
de su tiempo? No, nada es casualidad y mucho menos una identidad
tan perfecta. Conocida es la capacidad intuitiva de nuestro poeta,
la cual le habría bastado por sí sola para conectar con el pensamiento
contemporáneo. Pero hay datos para afirmar que, además de esto,
Lorca debía de conocer, al menos de un modo general, las conclusiones
que acababan de adoptar los físicos cuánticos reunidos plenariamente
en el Congreso Sovay, en1927. No es sólo esa asombrosa y tajante
afirmación suya que hemos reproducido de que la ciencia es mucho
más lírica mil veces que las teogonías y que entre
la realidad científica y el mito imaginativo, vence siempre,
gracias a Dios, la ciencia, lo cual patentiza que
tenía que haber penetrado, de un modo u otro, en sus entresijos,
maravillándose con sus conclusiones hasta el punto de considerarlas
superiores a sus queridos mitos; es también que en sus obras de
madurez, singularmente en Poeta en Nueva York y en El
público, hay claras referencias al nuevo paradigma científico
y psicológico, expresando continuamente conceptos como el poder
del vacío y de lo reducido (¡aún faltaba más de una década para
la primera explosión atómica!) o la conformación del individuo
por varias fuerzas o tipos, de modo que la personalidad
no es nunca una, sino varia (Símbolos de transformación,
de Carl Gustav Jung, habría de aparecer en 1952, aunque existiera
desde 1912 una versión esquemática en alemán, aún dentro de la
influencia freudiana, la cual dudamos mucho que Lorca conociera).
Sin embargo, es curioso comprobar hasta qué
punto el realismo que se ha apropiado de la figura y obra de García
Lorca, desconfía de la ciencia, satanizándola como algo maligno.
En confirmación de sus temores, este realismo esgrime el verso
de García Lorca en impúdico reto de ciencia sin raíces, desconociendo que Lorca utiliza aquí
ciencia como sinónimo de técnica alienante,
lo cual no significa que no sintiera un profundo respeto y, como
hemos visto, admiración por la ciencia (aunque, vuelvo a decir,
la consideraba inferior a la inspiración), lo que se traduce en
esa asombrosa aprehensión intuitiva que hace de ella. Esta ciencia
con la que conecta tan cabalmente, no preconizaba el fin
de la historia, la caída de las ideologías, el desencanto como
forma de cinismo, la exaltación de los nuevos tipos de fundamentalismo,
la apuesta por el sinsentido, como en su ingente ignorancia
de la contemporaneidad creen los apocalípticos del Realismo, sino
justamente lo contrario, el sentido y, dentro de él, un
nuevo humanismo, una civilización más plena.
Como el artista total que era, García Lorca
estaba imbuido de esa ciencia que, por una parte, ampliaba la
realidad hacia lo que hasta el momento había permanecido invisible,
y, por otra, confería una nueva dimensión al hombre.
Resulta inquietante ver hasta qué punto, tanto
en Poeta en Nueva York como en El público, García
Lorca aparece obsesionado por el mundo atómico e infinetisimal,
recalcando una y otra vez la actividad del vacío, del hueco, así
como el poder inmenso que se encierra en su interior. Continuamente
hace referencia a que en lo pequeño late lo infinito e inefable,
repitiéndose expresiones como pequeña quemadura infinita, una cápsula de aire donde nos
duele todo el mundo pequeño espacio vivo, toda la luz cabe dentro de un
ojo, vivimos cien años dentro de un
cuchillo o el campo de todo un lustro cabrá
en la mejilla de la moneda. En definitiva, para García Lorca, lo
pequeño es superior a lo grande o bien éste es sólo una proyección
de lo pequeño; de ahí que las cosas tiendan a su ser natural:
La ley es un muro que se disuelve en la más pequeña gota
de sangre, he visto que las cosas/ cuando
buscan su curso encuentran su vacío, lo que importa es esto: hueco
De la misma forma que tanto lo pequeño como
el vacío lo encierran todo al modo del aleph del que habló Borges,
la verdad se encuentra en lo transparente. Las cosas y los seres
buscan la transparencia, la cual viene a ser para Lorca un eco
de lo primigenio o de lo último, es decir, de la totalidad. Las
referencias son también numerosas: formas que buscan el
cristal, sabios vidrios, el mundo solo por el cielo solo, cielo vivo, criaturas del aire...
En contraposición a cuanto vemos a la luz del
día, lo oscuro y el silencio encierran para nuestro poeta todas
las posibilidades, por más que no sepamos o no podamos verlo.
Por eso dice uno de los personajes de El público: Lo
que pasa es que se sabe lo que alimenta un grano de trigo y se
ignora lo que alimenta un hongo. Hongo es aquí sinónimo de lo
escondido, impenetrable, subterráneo. El interior de la tierra
constituye para García Lorca, por tanto, otra de las metáforas
para expresar lo que el físico cuántico David Bohm llamaría el
orden plegado de las cosas, es decir, allá donde se gesta
todo pero que se esconde misteriosamente a nuestra mirada. Por
ello, Lorca puede decir: Todo teatro sale de las humedades
confinadas. Como para Shakespeare, como para Calderón
y tantos otros, el teatro
no es aquí sino un símbolo de la vida. De ahí que, consecuente
con su pensamiento, Lorca desee inaugurar un teatro bajo
la arena. Es decir, pretende ir a la raíz, al origen, al
humus donde se concibe todo, coincidiendo con los físicos contemporáneos
en que es el nivel microscópico, por más increíble que pueda parecernos,
el que informa y determina el mundo macroscópico. Parafraseando
a García Lorca, podríamos decir que cuanto somos sale de
las humedades confinadas.
Pero no se acaban aquí las intuiciones
científicas del poeta que, en su concepción del tiempo, se acerca
al modelo holográfico. Sabido es que, en un holograma, la parte
contiene el todo. Podemos, por ejemplo, hacer cuantos cortes queramos
en una imagen holográfica, pero los trozos más pequeños seguirán
conservando la imagen total. La física subatómica ha demostrado
que la realidad es holográfica y, por supuesto, nuestro cerebro.
Cada cosa, cada ser muestra las huellas dactilares del momento
en que ha surgido y, a partir de aquí, del pasado y del futuro.
En una simple prenda de ropa puede encerrarse una época entera,
no por representación o figuración, sino de un modo verdadero,
genuino. Toda una época, con sus seres, con sus pasiones, con
sus avances, con sus errores, en una simple prenda. Y, a partir
de ella, como hemos dicho, también el pasado y el futuro. Por
ello García Lorca puede decir que el mar recordó de pronto
el nombre de todos sus ahogados; por ello, los pañales del niño llevan
en sí todas las partes por donde ha transitado: Los pañales
exhalan un rumor de desierto; por ello, los ojos del poeta están
transidos de cuanto han visto, ven y verán: Aquellos ojos
míos de mil novencientos diez.
García Lorca ve el universo de un modo muy semejante
al de Baudelaire: Como un vasto bosque de símbolos lleno de vida
y de correspondencias: Puede la piedra blanca latir en la
sangre del ciervo/ y el ciervo puede soñar por los ojos de un
caballo. Todo está unido, relacionado por el
sentido: Que todo rumor será piedra y toda huella, latido. Consecuentemente, no hay cosa que no
tienda hacia otra: ¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!; Romeo puede ser un ave y Julieta
puede ser una piedra. Las metamorfosis, que están ocurriendo
continuamente en lo más profundo del mundo cuántico, pueden darse
también en la vida diaria. En realidad, todo está de tal modo
unido que, como preconiza la física atómica, no existe la separabilidad.
Así, los elementos más lejanos del universo están interconectados
y se influyen recíprocamente. O lo que es lo mismo, en las sabias
y clarividentes palabras de Lorca, porque tan sólo el pequeño
banquete de la araña/ basta para romper el equilibrio de todo
el cielo; o también, en boca de uno de los personajes
de El público: Un hombre tan hombre, que siento un
dolor agudo en los dientes cuando alguien quiebra un tallo por
diminutoque sea.
Pero junto a esta deslumbrante cosmovisión científica,
y tal y como hemos expresado anteriormente, Lorca conecta también
con lo más renovador de la psicología de su tiempo. Así, si Freud
y Jung habían establecido la multiplicidad de la personalidad
humana, ésta aparece con sus más diversas facetas en la obra de
nuestro autor. Y es que hay una tendencia general en cuanto Lorca
escribe a huir de la simplificación. Por ello, se encuentra mucho
más cerca del ilimitado mundo de Jung que del estrecho de Freud.
Entre los numerosos demones o energías
de la personalidad humana que distinguía Jung, se encuentran la
máscara o persona, la sombra, el doble, el
niño interior, el anima o animus, el sabio, el rival,
el sí mismo... El hombre, a lo largo de su vida, debe ir conociendo
e integrando todas estas facetas, en lo que se denomina proceso
de individuación.
Pues bien, no se trata sólo de que García Lorca
aluda en su obra a estas múltiples partes que conforman el yo,
sino que todo un drama completo, El público, no es sino
el desarrollo de uno de esos procesos de individuación. No es
necesario, por tanto, salir de esta obra para encontrar un compendio
de los conceptos de la psicología profunda. Así, el CABALLO BLANCO
reconoce que un volumen son mil superficies. EL DIRECTOR compara al hombre con un
navegante, es decir, la vida es una larga singladura
con el objetivo del autoconocimiento: Comprende bien un
solo día para amar todas las noches. El objetivo es llegar a ser nosotros
mismos, encontrar la verdad profundad que teje las apariencias
y disfraces. Como dice uno de los ESTUDIANTES de la obra: No
son las formas disfrazadas las que levantan la vida, sino el cabello
de barómetro que tienen detrás. En ese viaje hay que empezar distinguiendo
lo que realmente somos de lo que aparentamos, es decir, despojarnos
de la máscara o persona: No hay más que máscara;
mi lucha ha sido con la máscara hasta conseguir verte desnudo.
Pero no solamente hay una o varias máscaras;
también es necesario descubrir e integrar otras facetas, como
el anima (parte femenina del hombre) o el animus (parte masculina
de la mujer). Así, la HELENA que aparece en la obra es una clara
representación del anima masculina, vista a la vez como tentación
y como amenaza. El abrazo de ROMEO y JULIETA en la obra simboliza
la integración de las dos partes. ¡Pero atención, y eso Lorca
lo tiene muy claro! No es necesario que sean un hombre y una mujer.
Como cada cual tiene los ingredientes masculinos y femeninos en
muy diverso grado, la conjunción entre lo masculino y lo femenino
puede producirse también con dos mujeres o, como especifica otro
de los personajes, con dos hombres: Romeo era un hombre
de treinta años y Julieta un muchacho de quince. Con ello,
Lorca se adelanta radicalmente a su tiempo e insinúa una teoría
que aún hoy día muy pocos psicólogos osan expresar.
Si salimos de El público y entramos en
Poeta en Nueva York, encontramos aún nuevas referencias
a los componentes que nos habitan. Uno de los más importantes
es el que se ha venido en llamar sombra. La sombra está
constituida por aquellas partes que no nos gustan de nosotros
mismos y que relegamos de nuestra conciencia. No necesariamente
son todas negativas. Antes al contrario, en ese desecho de energía
suele haber una gran cantidad de elementos positivos. Por regla
general, la sombra aparece en los sueños como un ser del mismo
sexo pero de diferente color.
Si tenemos la tentación de relegar la sombra,
caemos enteramente en su poder. Es necesario, por el contrario,
al igual que el resto de las personalidades que nos habitan, integrarla.
Pues bien, las composiciones de García Lorca Norma y paraíso
de los negros y El rey de Harlem son, por su
penetración y empatía con el mundo de color, una genuina integración
de la sombra. Lorca, desde luego, había avanzado mucho en el conocimiento
de su psicología.
La sombra puede presentar también un aspecto
numinoso y actuar como genio, sabio o duende, llevando en sí una
fuerza creativa portentosa. Integrar, aunque sólo sea pasajeramente,
esta faceta, puede sumir al yo en una galerna de éxtasis. En el
caso de que se trate de un artista, éste se siente poseído, engrandecido,
conectado con el inconsciente más desgarrador, por lo que no tiene
más remedio que, ajeno a todo, entregarse a su estro. Lorca lo
sabía tan bien, lo había visto tanto en los demás y experimentado
en sí mismo, que pudo escribir su Teoría y juego del duende.
En ella, distingue claramente entre la musa (que da
formas), el ángel (que da luces) y el duende,
que es el misterio, las raíces que se clavan en el limo
que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega
lo que es sustancial en el arte. De este modo, el artista
cobra un aura taumatúrgica; su labor consiste en estar siempre
enduendado para bautizar con agua oscura a todos los que lo miran.
* * *
Creo que ha
quedado suficientemente claro que Lorca buscaba lo ignoto, lo
profundo, lo enterrado, lo oscuro, lo minúsculo, lo transparente,
y que buceaba para ello tanto en el interior de su inconsciente
personal como del inconsciente colectivo. De ahí que persiguiera
la inspiración y el sueño, el segundo de cuyos caminos es el más
directo para entrar en la lava hirviente que nos conduce y en
la que flotamos. Dormir es sembrar dice EL DIRECTOR de El público.
Sus palabras pueden resumir la actitud de García Lorca ante la
literatura y la vida, así como sus conexiones con la estética
cuántica.
Ahora bien, de pronto comprendemos por qué el
Realismo ha secuestrado el espíritu más demoledor del poeta, dándonos
de él una versión disecada. Y es que, en su papanatismo, de haber
admitido a García Lorca en su totalidad, no tenían más remedio
que haber concluido que su arte era reaccionario. ¡Claro que el
único arte reaccionario es el que no descubre nada, el que siempre
se vierte sobre lo consabido, el que no indaga, el que rebaja
al lector a la categoría de analfabeto, el que se estrella contra
las superficies, el que está de espaldas a los avances filosóficos
y científicos, el que hace del simulacro la verdad, el que erige
una ley de lo verosímil para tildar de locos y visionarios a quienes
la incumplan...!
Como tanto la vida de García Lorca como su muerte
volvían flagrante cualquier acusación de que profesase una estética
reaccionaria, tuvieron que maquillar sus ideas. Pero ningún maquillaje
consigue ocultar definitivamente lo que está debajo. El RIP de
este realismo es que se lee perfectamente entre líneas hasta qué
punto confunde arte libre con arte reaccionario. Defendiendo el
artificio y la verosimilitud como esencia de la
literatura (es decir, lo que García Lorca consideraba como imaginación,
inferior a la realidad y a la inspiración), nuestro
poeta queda minusvalorado y su herencia, traicionada.
Resulta evidente el desapego que
esta literatura sentía por García Lorca varios años antes del centenario. Pero, conforme la sonada fecha se acercaba,
las referencias al poeta se iban haciendo más frecuentes y sus obras,
apareciendo cada vez más como ejemplos estéticos a seguir (¡por supuesto,
en su versión edulcorada!).
Tal y como hemos apuntado, sin
embargo, el inconsciente nunca permite que se le traicione. Siempre
deja rastros, pistas... Así, uno de los teóricos más conspicuos de este
realismo reconoce que García Lorca es el poeta telúrico, el portavoz
de una cultura, el alma capaz de mantener una relación profunda con
el instinto, la cultura de la sangre y los sonidos negros del duende para luego afirmar, en otro libro (vuelvo
a decir, probablemente inconsciente de las consecuencias que se derivaban
de ello) que algunas lecturas románticas y vanguardistas de la
historia, empeñadas en sustituir
la voluntad humana por un sagrario de misterios y fuerzas telúricas,
han propiciado un lado oscuro y reaccionario.
No puede estar más claro lo que
es Federico García Lorca para este realismo social. La simplicidad,
lo obtuso de la afirmación, la prevención beata contra todo lo que saque
al pequeñoburgués de sus casillas, resultan tan palmarios que, si algún
prestigio le quedaba a este realismo, estalla hecho añicos. ¡Es más
necesario que nunca liberar a García Lorca de los espíritus estrechos!
La estética cuántica está orgullosa del turbión de libertad que abre,
considerando a García Lorca como destacadísimo precursor de la literatura
del descubrimiento (es decir, aquella que indaga en lo más profundo
y oculto), que es la que sin duda informará el siglo XXI. La inconmensurable
grandeza del pensamiento y la literatura de García Lorca están aún vírgenes.
¡Federico se convierte por fin en Federico García Lorca!
Conferencia
pronunciada en la presentación de El cadáver de Balzac,
Ayuntamiento de Pinos Puente (Granada),
junio, 1998.
¡Escribe tus opiniones
en
el
foro de estética cuántica!
"Poética
en Obras Completas, 19ª ed, Bilbao, 1974, vol. I, pág. 1141.
A partir de ahora citamos siempre por esta edición (de dos volúmenes)
con la siglas OOCC.
Conferencia pronunciada
el 28-X-1928. OOCC, I, 1034-1040. A esta conferencia pertenence
el resto de las citas que hacemos sobre la inspiración.
Vid. mi obra El
cadáver de Balzac, Epígono Ediciones, Murcia, 1998.
Poeta en Nueva
York, Edición de María Clementa Millán, Cátedra, 1994, pág. 156. A partir
de ahora citamos por esta edición con la siglas PN.
Stevens Weinberg,
El sueño de una teoría final, Crítica, Barcelona, 1994, pág.
133.
El público, edición de Rafael
Martínez Nada, Seix Barral, Barcelona, 1978, pág. 159. A partir de
ahor citamos por esta edición con las siglas EP.
"Teoría y
juego del duende en OOCC, I, pp 1067-1079.
Vid. a este respecto
las páginas 85-89 del artículo de Luis García Montero Impresión
de Federico García Lorca en Confesiones poéticas, Colección
Maillot Amarillo, Exma. Diputación de Granada, Granada, 1993.
Luis García Montero,
La palabra de Ícaro, Cátedra Federico García Lorca, Universidad
de Granada, Granada, 1996, pág. 13.
Luis García Montero, Aguas territoriales,
Pretextos, Valencia, 1996, pág. 66.
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