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EL REALISMO CUÁNTICO
Gregorio Morales
Siempre que surge una nueva corriente literaria, pretende retratar
la realidad mejor que cualquier movimiento anterior. Al menos,
durante los siglos XIX y XX, ocurrió así. El
naturalismo de Zola identificaba el trabajo del novelista
con el de los científicos experimentales. Más
tarde, a comienzos del XX, todas las vanguardias quisieron
hacerse con la nueva realidad que se derivaba del uso de máquinas
como la locomotora, el automóvil o el aeroplano, y
que implicaba un mundo nuevo de velocidad, viajes, deportes
y emancipación de la mujer... El surrealismo iba a
la búsqueda de la verdad escondida y se consideraba
más real que la realidad misma, de ahí su significado
de hiperrealismo. El realismo socialista alardeaba de ser
un espejo donde se reflejaba mecánicamente el mundo
exterior. El neorrealismo huía de los decorados de
cartón piedra y buscaba las calles abigarradas, los
barrios marginados, los proletarios, las clases populares...
El realismo mágico abarcaba la realidad de los pueblos
latinoamericanos con sus aspectos taumatúrgicos e irracionales.
El dirty realism quería mostrar que la realidad se
hallaba en las cloacas, en la suciedad, en lo proscrito, en
el lenguaje chocarrero de cada día... Para ninguno
de ellos, la realidad era filtrada, interpretada, sino que
pretendían ser una fiel copia del mundo, como si la
realidad existiera por sí sola, independientemente
del observador, hasta el punto de que todos pueden ser englobados
bajo la denominación de realismo genético, es
decir, un realismo que cree calcar el acontecer, reproducirlo,
generarlo casi con sus mismos mecanismos.
Más tarde y, por contraposición, surgieron corrientes
que fueron paulatinamente negando la relación con el
referente, y que hablaban de que la única realidad
estaba en la obra, que la realidad la construía el
novelista, y que, por tanto, ésta tenía sus
propias leyes internas. Como dijo Guy de Maupassant: los grandes
artistas son los que imponen a la humanidad su ilusión
particular. Este realismo fue conocido como formal o inmanente,
y sus excesos, que devinieron en páginas llenas de
sinsentido y verborrea, volvieron a retrotraernos a los realismos
anteriores, en cuyos exhaustos brazos nos encontramos nuevamente.
El cadáver de Balzac, que debía estar enterrado
y bien enterrado, lo apesta todo. La situación, insostenible
a todas luces, dio nacimiento al realismo cuántico.
¿Qué es el realismo cuántico?
En primer lugar, debo dejar claro que, si uso la palabra realismo,
no es para dotarla de nuevo contenido, ni para reinvincarla,
ni para conservarla al modo del Gatopardo, es decir, haciendo
algunos cambios para que todo permanezca igual, sino como
reto, como provocación, como demostración de
que la palabra realismo es una tautología, pues no
existe nada irreal en el universo, o dicho en otras palabras:
todo lo mental es real. De esta manera, forma parte de la
realidad no sólo lo que vemos, observamos, escudriñamos,
investigamos, etc., sino cuanto pensamos, reflexionamos, prejuzgamos,
sentimos, amamos, odiamos... No existe una realidad objetiva,
fuera de nosotros, por lo que todo lo que hacemos, aprehendemos
o divagamos es la única realidad. El gato de Schrödinger
está vivo y muerto al mismo tiempo, pero somos nosotros
los únicos que destapamos la caja para comprobarlo.
Es nuestra medición la que determina si un corpúsculo
es onda o partícula, si ésta se encuentra en
determinada posición o tiene tal velocidad. En otra
palabras: creamos cuanto nos rodea. Pensamiento, hechos, creencias,
prejuicios... están tan absolutamente conectados, que
los unos no existirían jamás sin los otros.
El realismo cuántico, por tanto, asimila dentro de
sí los dos movimientos que han parecido hasta ahora
antagónicos, el realismo genético y el inmanente,
llevando a cabo con ellos una síntesis, una coiunctio
oppositorum. Por una parte, basándose como se basa
en la ciencia y psicología modernas, el referente es
para él muy importante. Más aún, aunque
éste no existiera o no pudiera ser verificado, la verosimilitud
le es vital. Necesita, pues, del realismo genético.
Por otra parte, resulta obvio que no existe una realidad exterior
al hombre, aunque en nuestra experiencia diaria tendamos a
creerlo así. Cada observador es un cosmos y hay tantos
universos como hombres. Justamente por ello, el realismo cuántico
está convencido de que la realidad se crea dentro de
la obra literaria, en relación a su contenido, a las
partes que lo componen, a su estructura y sistema de valores.
El realismo cuántico es consecuentemente también
inmanente. La realidad que conforma no es una mera recreación
de la más palmaria realidad exterior, sino una creación
ex nihilo, es decir, una creación en toda regla.
La misión de narrador o del poeta cuánticos
es mostrar los millones de mecanismos que existen o podrían
existir en el universo, y al hombre interactuando con ellos.
Para el realismo cuántico, todo conduce al hombre.
Sin el hombre, nada tendría sentido ni, por tanto,
la literatura. De la misma forma que cuando se realizan fotos
de monumentos, ciudades o paisajes, se suele poner a una persona
en la lontananza para así hacernos una idea del tamaño
de las cosas, toda la realidad, mental o material, no es nada
sin el hombre. No tendría sentido, pues, para la estética
cuántica o el realismo cuántico una novela donde
sólo aparecieran partículas, sus filias y fobias,
su creación y destrucción... Tengo que mostrar
cómo influye eso en la vida del hombre. Qué
en su existencia depende justamente de eso.
El reto consiste en insertar al hombre en la vasta realidad
que se nos ha abierto y, al mismo tiempo, abrir las fronteras
del lector, sugerir, extender, fijar la cosmovisión
que deviene de la imaginación científica contemporánea.
Pues la ciencia actual es ante todo fantástica, inquietante,
desbocada, irracional, mágica, imposible... Sin reparar
en ello, vivimos a cuestas con todo esto. El mundo microfísico
y el universo plegado tienen una importancia decisiva en nuestras
vidas.
Bajo esta perspectiva, las jerárquicas ciudades burguesas
de Balzac son sacudidas por un terremoto. Cae la memoria sensorial
y fragmentaria de Proust. El espejo del realismo socialista
se hace añicos. El realismo mágico se torna
en folclore populachero. El dirty realism es simplemente la
descomposición del siglo XX. Porque ahora hay que mostrar
lo invisible, dar cuenta de cómo están conectados
todos los hombres. Hay que narrar las sincronías -o
coincidencias significativas- que acaecen constantemente en
nuestras vidas. Hay que mostrar que el universo no es local,
por lo que resulta comprensible que tengamos intuiciones.
Hay que escribir sabiendo que cuanto nos rodea es un holograma,
por lo que el todo está contenido en la más
ínfima parte, y, así, una sola partícula
podría dar cuenta del pasado, del presente y del futuro,
como un hombre puede dar cuenta no sólo de toda la
humanidad, sino del universo entero. Hay que mostrar que la
materia es inteligente y que cuanto nos rodea emite y procesa
información sin cesar. Debemos acabar con el pensamiento
binario, dejando que emerja en su lugar la certidumbre de
que una cosa y su opuesta pueden existir a la par, de que
A y no A son al mismo tiempo, de que somos hombres y mujeres
a la par, niños y viejos, estamos vivos y muertos...
Hay que corroborar que, al igual que frente a la entropía
las partículas tienden a la complejidad, todo en el
hombre tiende hacia la individuación.
El escritor cuántico es un observador y un creador,
pero es también un hombre individuado, un hombre que
ha encontrado su propia vibración, una vibración
única e irrepetible, y es tal vez en ella donde radique
la mayor realidad, la mayor verdad de que podemos disponer.
Es esa vibración, esa música nunca oída
antes ni después, la que el creador debe imprimir a
cuanto escribe, de modo que el ritmo de la prosa o del poema,
su cadencia, su perspectiva, constituyan la huella imborrable
de un hombre único. Todo realismo cuántico presupone
en definitiva que quien lo practica ha encontrado su singular
ritmo interior y que, al envolver al lector en él,
lo espolea a buscar el suyo propio.
El realismo cuántico es en consecuencia un realismo
muy humano, un realismo que busca ensanchar al hombre, hacer
de cada uno de nosotros un universo en expansión cuyas
partes se autoconocen. Sin este objetivo fundamental, la literatura
cuántica no sería nada ni serviría para
nada.
El realismo cuántico no busca la diversión o
el entretenimiento, liberado de este requisito por el cine
y la televisión, de la misma forma que la fotografía
liberó a la pintura de su obligada mimesis. No es que
una obra cuántica no pueda ser divertida, pero su objetivo
va mucho más lejos.
La literatura cuántica busca la verdad. Cierto que
cada hombre es un observador y creador, cierto que no hay
una realidad objetiva, pero aun así la verdad puede
ser rastreada en su esencia, entrevista a través de
la subjetividad, algo así como si, más allá
de los univesos paralelos o de su cambiante existencia, existiera
un mundo de las formas o de los Arquetipos, un mundo al que
el físico Rupert Sheldrake llama campos morfogenéticos
y el psicólogo suizo Carl G. Jung inconsciente colectivo.
Es decir, en algún lugar de los campos energéticos
se estructuran las formas, los patrones, que pueden ser considerados
una suerte de verdad dialéctica. Es esta verdad profunda
la que busca el escritor cuántico.
El realismo cuántico critica la concepción del
poeta o del novelista como fingidor, como alguien que, provisto
de los elementos necesarios, se limita a remedar la realidad.
Frente al escritor como actor, el realismo cuántico
propugna al escritor como aventurero, como investigador, como
héroe, incluso como apóstol. Si la realidad
interior es tan o más válida que la realidad
exterior, no podemos dejar de penetrar en ella, de explicarla.
El realismo cuántico está, pues, abocado al
conocimiento. Se rescata así lo perdido en las postrimerías
del siglo XX, pues es necesario reconocer que incluso el más
simplón de los realismos comenzó en su época
como un camino de conocimiento. No obstante, la pálida
copia de la copia, les fue quitando todo su vigor, convirtiendo
lo que era conocimiento en conformismo y desinformación.
La nueva literatura quiere saber y explorar. Su lectura tiene
que producir en el lector un salto cuántico, de modo
que, acabada ésta, ya no sea el mismo de antes, sino
que haya dado un paso más hacia sí mismo. Si
esto lo producen las palabras, es porque no están vacías,
porque llevan en sí la energía del pensamiento.
Si un pensamiento es capaz de producir saltos cuánticos,
es porque es real. Tan rotundo y cotidiano resulta tomarse
una copa como tener una sincronía, hacer el amor como
conversar con el que fuimos o seremos, viajar como contemplar
el universo en una gota de agua, obrar como imaginar, desear
como realizar.
Ésta será sin duda la realidad del siglo XXI y el
encargado de abrirlo a la cotidianidad será el realismo cuántico.
Conferencia pronunciada
el 16 de mayo del 2003
en el Graduate Center de la Columbia University
de Nueva York.
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